Entrevista con el corruptoweb


El tema de la ética siempre ha estado de moda, desde la más remota antigüedad hasta nuestros días.

 

Lo vemos abordado en antiquísimos libros de la India, en la América precolombina, en multitud de escuelas de filosofía, desde la pitagórica, pasando por la Academia de Platón, el Liceo de Aristóteles, los cínicos, epicúreos y estoicos, hasta la misma Sociedad Teosófica y desarrollado por pensadores, filósofos y teólogos de todas las tendencias, desde Santo Tomás de Aquino y San Agustín hasta Descartes, Kant, Heidegger, Ortega y Gasset, José Luís L. Aranguren, Fernando Savater, etcétera.
Es innegable que esta cuestión vuelve a estar de rabiosa actualidad, a raíz, sobretodo, de la crisis económica, la falta de sensibilidad hacia los sectores más desfavorecidos y los continuos escándalos de corrupción que cada día salpican los medios informativos.
Pero el hecho de que esté de moda no quiere decir que exista una idea clara y unificada del concepto de ética.
Recientemente, el partido que hoy gobierna en España, expuso su intención de volver a incorporar la asignatura de ética en los programas de estudios, lo que provocó el rechazo casi unánime por parte del resto de partidos, quienes argumentaban que dicha asignatura iba a convertirse en un mecanismo de adoctrinamiento de los jóvenes en las ideas que al actual gobierno le interesan, véase el tema del aborto.

La cuestión ética sigue siendo, un tema controvertido, sobretodo con el desarrollo actual de los medios de comunicación que hacen que todo el mundo esté conectado, propiciando el contacto y, en ocasiones, la inevitable fricción de diferentes culturas, costumbres, ideologías y formas de pensamiento.

No obstante, y a pesar de todas las controversias, a la vista de la impunidad con que campan a sus anchas tantas injusticias manifiestas, escándalos políticos y desvaríos económicos, hoy en día casi todo el mundo está de acuerdo en que hace falta un poco, o un bastante más de ética.

De entre las diferentes formas de abordar el tema de la ética, tomaremos como eje, en esta ocasión, una idea muy antigua, que ha sido recogida por importantes corrientes de pensamiento a lo largo de la historia.

Es la idea de que el Ser Humano es un Ser en evolución.

Según esta teoría, la Humanidad, al igual que el resto de los seres que componen el universo, se hallaría en un proceso de continuo perfeccionamiento que consistiría, sobretodo, en un proceso de desarrollo progresivo de la conciencia, que inevitablemente llevaría implícito un incremento de las potencialidades.

Basándonos en Platón y refiriéndonos al Ser Humano podemos hablar de cuatro grandes arquetipos, cuatro grandes Ideas hacia las que éste se dirige en dicho proceso de perfeccionamiento. Son la Idea del Bien, la Belleza, la Verdad y la Justicia.

El desarrollo evolutivo nos llevaría desde un estado de menor claridad, de menor conciencia y más imperfecta puesta en práctica de estos arquetipos hasta un estado de mayor comprensión y más perfecta aplicación de los mismos.

Desde este punto de vista podemos decir que el comportamiento ético estaría compuesto por todas aquellas acciones y esfuerzos que nos acercan hacia la comprensión y la vivencia de lo bueno, lo bello, lo verdadero y lo justo.

El comportamiento inmoral, por el contrario, sería aquel que nos aleja de dichos arquetipos.

Pero ¿qué es aquello que nos impulsa hacia el comportamiento inmoral?

Se trata, seguramente, de un elemento de origen complejo, tal vez derivado de que el ser humano es, asimismo, un ser complejo, compuesto de diferentes partes que conviven y, a veces, malviven entre sí, con un cuerpo físico que reclama toda una serie de atenciones y un mundo psíquico poblado de emociones, pensamientos, sueños, anhelos, deseos y necesidades, sin olvidar la presión de un entorno social cargado de exigencias. No vamos a tratar de analizar en profundidad de dónde surge, pero sí resulta evidente la aparición de este elemento que desvirtúa o que dificulta el acercamiento del ser humano hacia los arquetipos.
Estamos hablando del egoísmo, que suele presentarse como ansia de satisfacciones personales, de prestigio, de poder, de riquezas, de comodidad o de aceptación por parte de los demás.
Es el egoísmo quien nos empuja hacia una conducta inmoral que suele evidenciarse de dos formas: obrando por debajo de las posibilidades, la conciencia y responsabilidades adquiridas o, por el contrario, ocupando puestos que aun no están al alcance de la capacidad moral desarrollada.
Y así, en el caso de la política, nos encontramos con aquellos que, no sabiendo gobernarse a sí mismos, sin una clara vivencia ni comprensión de la Justicia, siendo apenas unos malos administradores incapaces de sacar adelante un simple negocio (véase las cajas de ahorros), ocupan altos cargos políticos, pretendiendo dirigir a toda una nación. Y los pocos buenos que quedan, si es que el sistema permite que quede alguno, terminan por ceder a las presiones y adormecer su conciencia.

Esta conducta inmoral que, por desgracia, podemos encontrar, no sólo en la política, sino en muchos aspectos del quehacer humano, no había sido, hasta hace bien poco, causa de excesiva preocupación por parte de nuestro mundo materialista. Pero en cuanto sus consecuencias se manifestaron en el ámbito económico, saltó la alarma y entonces sí, comenzamos a reconocer y a hablar de un estado de crisis verdaderamente preocupante y de difícil solución, ya que no se trata de una crisis simplemente económica, sino que tiene raíces mucho más profundas. Se trata de una crisis ética.

¿Qué hacer para solucionar esta crisis ética?

Podemos salir a la calle y protestar, de hecho, considero una obligación ética denunciar cualquier injusticia. Podríamos, yendo más lejos incluso, promover una revolución y remover de los puestos de poder -ya sean políticos, económicos, culturales o religiosos- a todos los inmorales. El problema es que, por desgracia, la historia nos demuestra que las revoluciones que han existido, no han llegado a ser tan profundas como en un principio parecían, pues, con el paso del tiempo, las aguas que en un comienzo simulaban correr nuevas y limpias, volvían poco después a ensuciarse, apareciendo nuevamente los abusos de poder, la corrupción y las injusticias. ¿Por qué? tal vez, porque los que tomaron el relevo eran otros, sí, pero con los mismos egoísmos, con la misma falta de fuerza moral que sus predecesores.
De ahí que, seguramente, la verdadera solución no esté simplemente en cambiar los centros de poder y modificar los sistemas, no si antes no nos mejoramos a nosotros mismos y no nos exigimos cada día un poco más de bondad, de belleza de verdad y de justicia, si no nos esforzamos por combatir nuestros egoísmos y por desarrollar, de manera honesta, nuestra conciencia y nuestras capacidades, si no nos convertirnos en hombres y mujeres éticos, incorruptibles ante los halagos y ante las amenazas , si no somos capaces de, individualmente y por propia iniciativa, ayudar al que menos tiene, proteger al más débil y enseñar al que lo necesita. La solución ya no está en los grandes partidos políticos, ni en la ONU, ni en las resoluciones del G-8, sino en que cada día, al levantarnos, tengamos la capacidad de decirnos a nosotros mismos “!UN POCO DE ÉTICA, POR FAVOR!”. Entonces sí, de manera inexorable y por mucho que se opongan los actuales amos de la caverna, construiremos un mundo más próspero y, sobretodo, más bueno, más verdadero, más justo y más bello.

José Luis Romero Peñalver

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